Edgar Palma

La luz se reventaba sobra las copas apretadas de los árboles de mango, creando un espectáculo de pintas de luz y sombra que decoraban el suelo empedrado, pintando todo como si formara parte de una fotografía vieja.
En el Parque General Tomás Guardia, los angelitos negros de la fuente seguían su labor ya centenaria de verter agua a la fuente. El estruendo constante del agua cayendo se mezclaba con el arrullo de las palomas y la gente, y entre todo este mosaico de milagros lo vio aparecer.
Tenía un aspecto ligero. No me malinterpreten, sus pasos eran firmes y afianzados, sin embargo algo en él daba la sensación de que en cualquier momento podría llegar el viento y llevárselo, pero no de una manera violenta, sino de una forma armoniosa, como cuando se lleva los dientes de las flores de Santa Lucia cuando ya están maduras.
Ella lo miró, estaba recogiendo algunas basuras de la calle y las metía en una bolsita que cargaba. Luego se sentó tranquilo en una banca y se quedó con la mirada fija en una cúpula que está construida en medio del parque.
Sofía lo observaba camuflada en el frío gris de su banca mientras pensaba: «No puedo creer esta casualidad. Es él… y está ahí, como si nada».
En su universidad le encomendaron escribir una nota de alguien que admirara de Alajuela, como parte de su tesis. Pero este no solo era un encargo académico para graduarse.
En la UTA, la universidad en la que cursaba su carrera de periodismo, corría un rumor peculiar entre el estudiantado. No era un mito nuevo, más bien estaba ya bastante añejo y reposado en la mente de todos los que pertenecían a esta institución. Algunos egresados de hace más de 20 años cuentan que el rumor ya era viejo para cuando ellos entraron de nuevo ingreso.
Sofía lo escuchó por primera vez una tarde en la soda de la U, a la hora del almuerzo, junto con varios amigos. Estaba sentada frente a un compañero de clase, Patricio Durán, que cortaba un filete de tilapia con la precisión con la que un cartógrafo trazaría un río en un mapa. Movía el cuchillo, entre tanto hablaba:
—Mirá, Sofi, de verdad no puedo creer que nunca lo hayas escuchado sobre este mito antes… ¡Es legendario!… ¡Ancestral!, ¡infalible!
Al decir esto se emocionó y cruzó con todas sus fuerzas un trozo con el tenedor.
—Creo que exageras —dijo Sofia.
Patricio levantó el tenedor y paseaba el bocado en el aire, y justo cuando se lo iba a llevar a la boca, lo devolvió al plato y comenzó a decir:
—No exagero. Y es mi responsabilidad advertirte. Aquí siempre se ha dicho que el primer artículo que uno haga marcará tu destino como periodista: ¡Para siempre!
Después de decir esto, partió su bocado a la mitad y está a su vez en otra más pequeña, agregó:
—O sea, sí, si te sale dramático, bienvenido al mundo del show barato. Si toma tono de chisme, lo siento, serás farandulera. Si te queda aburrido, bueno, puede que te contraten para manejar el obituario. Pero bueno, si tenés suerte y hacés algo medio decente, fijo terminas cubriendo cosas importantes. Pero igual pobre y con ojeras.
Sofía soltó una risa nerviosa. Esa que aparece cuando uno no sabe si tomarse algo en broma o en serio.
—¿Vos creés? —le preguntó, desesperada por ver cómo aplastaba contra el plato los bocados en lugar de llevarlos a su boca.
—Obvio. Bueno. No estás obligada a creerme, pero hay pruebas.
—¿Pruebas?
—Sí cariño, pruebas. Este… ahí, ¿cómo se llama? ¡Edgardo Silviano!, el mae empezó entrevistando a una pareja en su boda de plata. Y ahora todo lo que escribe es puro amor y flores. Mirá a Martín, siempre soñó con ser periodista de temas políticos. Sin embargo, para la tesis, entrevistó a Rolando Fonseca, sí, sí, el 07 de la sele; ahora trabaja como analista de deportes en el siete.
—Le hubiera ido mejor con Rolando Araya —rieron ante la ocurrencia de Sofia—. Sigo sin creer que sea posible.
Patricio se encogió de hombros, como quien suelta una verdad y luego no le interesa si le creen o no. Su atención ahora estaba en terminar de esculpir el pescado con su cuchillo.
Sofía, en cambio, quedó dándole vueltas. Pensó: «a lo mejor el rumor es una tontera, una superstición de pasillos. Pero, ¿y si no? No quiero quedar condenada a algo que no me represente. Yo quiero escarbar entre los humanos, encontrar algo… algo».
—¡Ay, ya me acordé de otro caso! —dijo Patricio regresando al tema—, ¿cómo era que se llamaba? Ah, sí, David Gamboa. Se le ocurrió empezar entrevistando a un narco arrepentido, y ahora todo lo que hace tiene que ver con crónicas de crimen. —Sofía quiso reír, o al menos eso intentó—.
Ya se sentía lo suficientemente insegura cuando la profesora le agregó más limitaciones a la misión:
—Para su artículo de graduación, vamos a hacer una cosa diferente en esta ocasión. Lo deberán hacer sobre alguien de Alajuela a quien admiren.
Pensó por días quien podría ser el elegido, curioseó revistas y directorios de Alajuela. Encontró algunos políticos, algunos empresarios reconocidos, pero nadie cumplía el requisito de agitar algo en su interior. Rebuscada ya exasperada entre las páginas de una revista de su padre, cuando una fotografía cayó de entre las páginas recordándole el día que su papá la llevó a hacer mandados al centro, y se encontraron un show en el Juan Santamaría. En la foto se veía ella posando divertida y sujetando una valla, y dentro, un hombre delgado, con barba y vestido de caballero saludaba. Era Edgar Palma, lo reconoció un año después cuando lo vio actuar en los festivales de Alajuela Ciudad Palabra, desde entonces no se perdía de los festivales con su padre.
Le gustaba esa visita anual al Teatro de Alajuela, principalmente para escuchar su voz, que tenía algo especial: era bajita y profunda, pausada. Cuando contaba dentro de los gruesos muros de ese teatro, su voz reverberaba y ella se sentía embelesada por su historia. Su voz era una especie de arrollo, sin embargo, en las partes de tensión ese tono subía poco a poco, aceleraba su ritmo y terminaba sonando a ríos contra rocas, a corriente en temporal, ¡y si había que gritar, gritaba!, y todo aquello le ponía a ella la piel de gallina.
Llamó a un conocido que le podía poner en contacto… Él, lamentablemente le dio la mala noticia de que esa entrevista iba a ser imposible, sin embargo y contra todo pronóstico, ahí estaba él, por pura casualidad, sentado, con las piernas cruzadas sobre la banca.
Sofia se levantó decidida a aprovechar esta oportunidad y caminó hacia él con cuidado de no romper la quietud que lo envolvía.
—Hola, Edgar —dijo con nervios.
Él estaba ensimismado, giró lentamente la cabeza. Cuando la vio, no dijo nada… ella se vio obligada a hablar:
—Soy Sofía, estudiante de periodismo. Para graduarme me pidieron escribir sobre alguien a quien admirara, y me parece que usted es el único que ha cumplido ese requisito. Andrey me dijo que no iba a ser posible… pero… ahora que está aquí… me pregunto si podríamos…
Edgar sonrió y le confirmó que sí podía atenderla, o al menos ella entendió eso al ver el gesto que hizo con su mano izquierda. Bajó la mirada, vio una bolsa qué venía arrastrada por el viento y sin pensarlo mucho la atrapó en el aire, mientras la guardaba en su bolso decía:
—¿Un artículo sobre mí?
—Sí, quiero escribir sobre usted, su vida, sus cuentos, y la verdad siempre he querido conocerlo. Fui a muchos de los festivales en los que usted participó.
Edgar soltó una risa inaudible.
—Yo no soy nadie para que me escriban una biografía.
—Para mí lo es, sus cuentos e historias son demasiado inspiradores, yo crecí escuchándolos.
—Está bien. Pero solo para que pase su materia, y solo por eso.
Sofía dejó escapar una sonrisa nerviosa y se sentó en la banca, con el cuaderno ya abierto en la mano.
—Tengo mucho que aprender de usted y quiero hacerlo bien —le dijo.
Edgar se reacomodó en su lugar y le respondió:
—Primero que todo, debes saber algo. Yo no soy un maestro. Segundo, no creo que la gente necesite saber sobre mí. La gente lo único que necesita mío, son mis cuentos.
En ese momento, Sofía soltó:
—Yo creo que cómo ciudad sí te necesitamos.
Edgar entrecerró un ojo y la miró extrañado, como intentando interpretar qué fue lo que acababa de decir. Le gustaba hablar con gente así de transparente. Asintió y después se quedó en silencio, mirando al horizonte, como si estuviera esperando que ella continuara.
Sofía, sintiendo la oportunidad, sacó su cuaderno y comenzó:
—¿Por qué cree que la gente necesita sus cuentos?
—Porque cuando alguien cuenta un chisme, o una anécdota, nos sabe pasajero, a vida diaria. Son solo palabras. Pero cuando alguien dice: «mira, te voy a contar un cuento…» la gente de Alajuela cambia el contexto, hasta les cambia la cara. No digo que en otros lugares no, pero aquí, ante la advertencia de que escucharemos un cuento, encendemos una sensibilidad mayor… una agudeza. Es como si nos enfrentaran a un acertijo que nos tomamos muy en serio. Despertamos una nueva visión, que pasa de pre-juicios. Y para que esto siga siendo así, alguien debe de contarlos y escribirlos.
—¿Y… por qué le dicen el cuentero de la mano izquierda? —preguntó, sin rodeos.
Él sonrió.
—Ah, el apodo. Me lo puso Juan Cuentacuentos. Fue en un ensayo en el que me dijo que mi izquierda tenía que trabajar más duro, porque a la otra no le daba la gana bretear.
—¿Y por qué eso? —preguntó Sofía, intrigada.
Edgar se quedó pensativo por un momento, tocándose la mano derecha, como si al hablar de ella fuera necesario comprobar que seguía ahí.
—Tuve una enfermedad. Un asunto en el cerebro. Me quitó el habla, la memoria… incluso la movilidad. Poco a poco fui recuperando algunas cosas, pero la derecha… esa no volvió a ser la misma, aunque algo pueda moverla. Así que la izquierda es la que manda. A la derecha la llamo: la mano tonta.
—Entonces es por eso que le llaman así…
—Sí. Cuando estoy contando, ella es la que me ayuda. La derecha mejor la escondo, a veces la meto en la chaqueta, porque no quiere ser parte del show.
Sofía anotó sin levantar la vista de su cuaderno, mientras él la observaba, aparentemente cómodo con la conversación.
Le había hecho ya tres preguntas y Edgar le respondía sin dejar de ver la cúpula de concreto que parecía ser inflada desde dentro por el viento. Ella estaba más nerviosa que nunca. Quería disfrutar este encuentro. Sin embargo, no podía dejar de pensar en aquel maldito rumor que se le había implantado en la cabeza. Empezó a sentir la presión de que, de este día, dependería el resto de carrera. Edgar la notó extraña. La miró de reojo y le preguntó:
—¿Por qué estás nerviosa?
—Mirá… —dijo ella, algo vacilante—. Es que… hay un mito… más que un mito, es una creencia.
—¡Una creencia? —respondió Edgar dando un aplauso mientras reía—. Todo en esta vida es una creencia, hasta tú y yo. ¿Qué creencia es esa de la que me hablas?
Sofía lo miró dudando hasta de ese instante, pero él seguía ahí, con sus ojos profundos.
—Está bien. Mira, te voy a contar. Es un rumor de la U, que dice que la manera en la que salga el primer artículo de los estudiantes de esta universidad… determinará el tono de toda su carrera.
Edgar soltó una carcajada y aplaudió, esta vez dos veces.
—¿Es acaso que no pueden cambiar de estilo, de tono, en el proceso? Los profesionales evolucionan.
—Sí, bueno, no sé —respondió Sofía, incómoda—. Tal vez si evoluciones, pero la esencia… la esencia siempre será la misma.
Edgar, con ese tono pausado de alguien que sabe que las palabras no se irán a ningún lado. Le dijo:
—¿Te has fijado en la cúpula? Siempre me ha parecido que tiene la apariencia de un globo aerostático. Uno que se deja levantar por el viento entre sus aberturas cóncavas, inflándolo desde adentro hacia arriba.
—La he notado… ¿por qué la miras?
—Me gusta mucho. Más que todo por la gente que llega sin que nadie la invite. Como los marimberos del otro día. Se pusieron a tocar y un montón de gente se puso a bailar. Y ya cuando terminaron, le iban llenando de monedas los sombreros. Fue una maravilla. O la otra vez que llegó un señor con una guitarra y puso a llorar el instrumento y a medio parque. De todo, rapean, hacen maromas. A mí lo que me fascina es que hay nadie tenga que pedir permiso. Que ese lugar simplemente esté ahí y uno pueda llegar y hacer lo suyo. Me parece un punto de encuentro muy importante, el efecto de esta cúpula es aún mayor que el de una tarima.
Sofía anotó algo y él continuó:
—Sabía que a veces hay gente que se pone a cantar ahí adentro y sin micrófono, pero la voz de alguna manera rebota, hace eco y reverbera. Tanto que todos en el parque aplaudimos cuando la muchacha dejó de cantar. Y todo así, completamente libre.
Sofía levantó un poco la mirada, sorprendida, pero sin interrumpir.
—Sabes… hace unos días llegaron un grupo de jóvenes para entrenar break dance. Una jovencita con los ojos alargados con delineador negro, reunió a todos sus amigos para mostrarles su nuevo paso. Una voltereta complicada que de seguro tiene un nombre complicado, pero que yo llamó, «pegar un brinco completo pa´ tras».
Cuando ya tenía el público expectante, dio al botón de reproducir y unos bombos y una caja marcaron el compás, la cúpula envolvía la música y la multiplicaba, tanto y tan bien que ya varios fuera de ella estábamos cabeceando a su ritmo.
Ella bailaba, se levantaba y se suspendía sostenida tan solo por en una mano, giraba sobre un eje fijo, sus piernas iban y venían, hasta que llegó el momento, saltó para atrás… al menos eso intento, le faltó impulso, cayó sobre su nuca…
Sus amigos se rieron en vez de ayudarla, ya sabes cómo son los chiquillos. Ella, sin embargo, al otro día llegó a la misma hora, esta vez sola y sin música, tendió una colchoneta de espuma y empezó a practicar su salto. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Así durante veintiún días por siete.
—¿Veintiún días por siete?
—Sí, ni un día menos y ni un día de más. Luego volvió a invitar a sus amigos… Llegó toda mudada, como se visten ellos, con una camisa tres tallas más grandes, la gorra flotante y esos zapatos abombados que usan. Y una semejante línea que salían de las comisuras de sus ojos y se convertía en una espiral cerca de sien.
Dejó que ellos bailaran primero, no mencionó nada… y cuando llegó su turno, puso la canción y bailó, bailó como nunca, cuando llegó el momento del saltó… lo hizo con todas sus fuerzas, retorció su cuerpo en el aire, y…
—¿Qué pasó? ¿Por qué te detienes? ¿Lo logro?
—Pues no, se llevó otro costalazo. Pobre nuca la de esa muchacha. La cosa es que sus amigos se marcharon a comerse un granizado, ella no quiso ir… se quedó ahí sentada en una grada de la cúpula, viendo para la calle.
»Al otro lado, en la casa rosada, estaba un grupo ensayando música clásica, con todo tipo de instrumentos. Ella, se levantó curiosa y fue a asomarse de puntillas por la ventana, después de escuchar un rato se enamoró del violín. El profesor, quien es muy buen amigo mío, le pidió que diera la vuelta y pasara. Así lo hizo. Se dio cuenta que el profesor era un tipo serio, pero bueno. Después del ensayo le dijo que podía participar y así lo hizo.
Meses después, yo venía caminando por aquí, y la vi en la cúpula, con un violín que tocaba con una pasión insoluble. Eso sí, seguía vistiendo con pantalones anchos y tenis abombadas. Entre el público, estaban los amigos de la otra vez, listos para aplaudirle después de terminada la pieza. Esa fue la última vez que tocó ahí… Yo le sonreí y le di un aplauso inaudible a la distancia. Me sonrió y se fue contenta. Pero, ¿sabes que es lo mejor de toda esta historia?
—¿Qué?
—Pues que dos meses después le pregunté a su profesor qué había pasado con aquella chiquilla talentosa, y me contó que la seleccionaron para una beca en Italia para tocar el violín.
Sofía se quedó descifrando lo que acababa de escuchar. Le hizo mucho sentido.
—Tienes mucha razón.
—Por suerte, ¡jajaja! Si ese rumor fuera cierto, con esta entrevista te convertirías en una Cronista de lo paranormal.
Después de decir esto le guiñó un ojo, se levantó despacio, estirándose como si el peso de los siglos estuviera en sus hombros y se fue. Cruzó el parque bajo las sombras alargadas de los árboles de mango, donde la luz jugueteaba como haces dorados y flotantes. A cada paso, su figura parecía más pequeña, más lejana, hasta que, por un instante, Sofía notó algo extraño.
La luz y las sombras parecían envolverse a su alrededor, como si el parque quisiera tomarlo de vuelta y guardarlo para siempre en sus entrañas. Y justo antes de perderlo de vista, le pareció verlo fundirse con los árboles. No caminando, no alejándose, sino volviendo a ellos.
Sofía parpadeó y se quedó mirando el espacio vacío entre los troncos, el aire tranquilo y el sonido del viento. Había algo en esa visión que no podía explicar, pero que, de alguna forma, entendía. Cerró su libreta con cuidado, se quedó mirando como Alajuela tomaba un tono ocre y cansado que anuncia la noche.