El 4 de mayo de 1910, a las 6:50 p. m., un terremoto de magnitud estimada en 6,4 sacudió la ciudad de Cartago y provocó una de las mayores tragedias de la historia sísmica de Costa Rica. Con un saldo cercano a las 800 personas fallecidas y la destrucción casi total de la ciudad, el desastre transformó para siempre el paisaje urbano, la vida de sus habitantes y la memoria colectiva del país.

…el orgulloso casco antiguo (de la ciudad de Cartago) es una ruina total en lugar de ser la floreciente ciudad de ayer. ¡Fue totalmente destruido!

Amelia y Philip Calvert en A Year of Costa Rican Natural History (1917)

Mientras las réplicas continuaban estremeciendo la región, científicos, periodistas y fotógrafos llegaron a la ciudad para registrar los efectos del desastre. Sus notas y, especialmente, las fotografías tomadas en los días posteriores, constituyen hoy un valioso testimonio histórico que permite comprender no solo la magnitud de la destrucción, sino también la forma en que la tragedia pasó a formar parte del imaginario nacional.

Una ciudad reducida a escombros

A inicios del siglo XX, Cartago conservaba un profundo valor histórico y simbólico. Antigua capital colonial y sede de importantes instituciones religiosas y civiles, representaba uno de los principales centros urbanos del país.

El terremoto derrumbó iglesias, edificios públicos, viviendas y comercios, alterando por completo la vida cotidiana. Las construcciones de adobe, muy comunes en la época, colapsaron con facilidad, aunque las residencias de las familias más acomodadas tampoco escaparon a la destrucción. La catástrofe evidenció que, frente a la fuerza de la naturaleza, las diferencias sociales ofrecían poca protección.

Las calles quedaron cubiertas por montañas de escombros y una densa nube de polvo envolvió la ciudad. Las ruinas dejaron de ser únicamente restos materiales para convertirse en símbolos de la fragilidad humana y de la vulnerabilidad de toda obra construida.

Las ruinas y la experiencia de lo sublime

Más allá de sus consecuencias materiales, el terremoto de Cartago también ha sido objeto de análisis desde la historia del arte y la estética. La historiadora del arte Tiziana Serena sostiene que la fotografía de catástrofes convierte las ruinas en un objeto que oscila entre el documento histórico y la representación artística. Las imágenes no solo registran la realidad con un marcado realismo, sino que también despiertan emociones y generan una contemplación casi silenciosa del desastre.

Las fotografías de Cartago tomadas en mayo de 1910 condensan precisamente esa paradoja: muestran el horror de una ciudad devastada, pero al mismo tiempo transmiten una poderosa dimensión estética que ha perdurado durante más de un siglo.

La fotografía como memoria del desastre

Las imágenes captadas tras el terremoto cumplen una doble función. Por un lado, documentan la magnitud de la destrucción y permiten conocer el estado en que quedó la ciudad. Por otro, construyen una narrativa visual sobre la tragedia y sobre la propia identidad de Cartago.

Los fotógrafos privilegiaron encuadres donde predominaban iglesias derruidas, edificios públicos colapsados y extensos campos de escombros. La monumentalidad de las ruinas reforzaba la percepción de que la ciudad había desaparecido casi por completo.

La historiadora Gennifer Weisenfeld, al estudiar la representación visual del Gran Terremoto de Kantō de 1923 en Japón, explica que las imágenes de las catástrofes funcionan como dispositivos culturales capaces de moldear la memoria colectiva. En Cartago ocurrió un fenómeno similar: las fotografías de 1910 trascendieron el registro documental y ayudaron a construir el relato histórico de la tragedia, además de respaldar los procesos de reconstrucción y modernización urbana que siguieron al desastre.

Ruinas, reconstrucción y poder

Aunque las fotografías resaltan principalmente los edificios destruidos, muchas veces dejan en segundo plano el sufrimiento de las personas. Sin embargo, la catástrofe abrió paso a políticas públicas de asistencia, reconstrucción y transformación urbana que modificaron profundamente la ciudad.

La experiencia de 1910 impulsó cambios en los sistemas constructivos y fortaleció la preocupación por incorporar normas arquitectónicas más seguras frente a futuros terremotos. De esta manera, las ruinas no solo representaron el pasado perdido, sino también el inicio de una nueva etapa para Cartago.

Un acontecimiento que trascendió lo geológico

El terremoto del 4 de mayo de 1910 no solo destruyó una ciudad; transformó la manera en que Costa Rica comprendió su relación con los desastres naturales.

Las ruinas fotografiadas durante aquellos días dejaron de ser simples vestigios de una tragedia para convertirse en símbolos de fragilidad, resiliencia y memoria. Más de un siglo después, continúan recordando que toda construcción humana está expuesta a la fuerza de la naturaleza y al paso del tiempo.

El desastre también quedó rodeado por relatos populares. Entre los comentarios que circularon en San José tras el terremoto destacaba la creencia de que la cola del cometa Halley, visible ese mismo año durante su histórico paso por la Tierra, había atravesado el cráter del volcán Irazú y provocado el sismo. Aunque la ciencia descartó cualquier relación entre ambos fenómenos, esta idea refleja cómo la población buscó explicaciones extraordinarias para comprender una tragedia que parecía imposible de asimilar.

Hoy, las fotografías y los testimonios conservados permiten reconstruir no solo la historia del terremoto de Cartago, sino también la forma en que aquella catástrofe pasó a integrar la memoria histórica y cultural de Costa Rica. Las ruinas de 1910 permanecen como uno de los símbolos más poderosos de la historia nacional y como un recordatorio permanente de la capacidad de la sociedad para reconstruirse después de la devastación.

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