Iglesia de San Isidro de Coronado: historia de un templo construido por su comunidad

La historia de la Iglesia de San Isidro de Coronado está estrechamente vinculada con el desarrollo de la comunidad de San Isidro. Desde sus primeros asentamientos, la población encontró en la figura de San Isidro Labrador un elemento de identificación. La familia Zúñiga llegó a la zona llevando una imagen del santo, esculpida en madera, y los vecinos, dedicados principalmente a la agricultura y a la producción artesanal de leche, lo eligieron como patrono. En 1864, el asentamiento recibió el nombre de San Isidro de La Arenilla.
El primer oratorio
Unos años después de iniciada la población se construyó una pequeña casa de oración dedicada a San Isidro Labrador, en las cercanías de la actual escuela de San Antonio. Este primer oratorio tenía una función sencilla: abrir sus puertas únicamente para celebrar la misa dominical, a cargo del cura de San Vicente, actual Moravia.
Con el crecimiento de la población hacia el este, los vecinos comenzaron a ocupar los terrenos donados por José Ana Marín. En un sector más plano de estos terrenos se construyó una ermita de madera, que posteriormente tendría un papel importante en la elección del lugar donde se establecería la cabecera de San Isidro.
Durante la década de 1860, el gobierno nombró una comisión encargada de determinar cuál era el terreno más apropiado para establecer la cabecera del lugar. La comisión, integrada entre otros por el ingeniero Frantz Kurtze y el cura de San José, presbítero Marco Bonilla, determinó que el sitio más adecuado era el alto donde se había construido la ermita, o bien los sectores de Los Anonos o San Antonio, donde había estado el primer oratorio.



El segundo templo
Una vez que San Isidro fue designado como cabecera, los vecinos decidieron construir un templo de mayores dimensiones y con una presencia más importante dentro del poblado. El permiso para la construcción se obtuvo en 1862 y la comunidad participó activamente en el financiamiento de la obra.
Los aportes no se limitaron al dinero. Los vecinos colaboraron con productos y materiales como maíz, leña, cerdos, terneros y materiales de construcción. Entre los mayores contribuyentes se encontraba José Ana Marín.
El nuevo templo fue construido con ladrillo y madera. Sus paredes eran muy gruesas y, según el documento, probablemente estaban amalgamadas mediante el sistema conocido como “tizón y soga”. Aunque el edificio era de ladrillo, los acabados interiores y las torres eran de madera.
La iglesia mostraba influencia del estilo neoclásico. Su fachada principal tenía un vano en forma de arco de medio punto, donde se encontraba una puerta de madera de dos hojas. Sobre ella había un montante de vidrio que conformaba el acceso principal. A ambos lados se disponían tres pilastras adosadas, mientras que el inmueble estaba rematado por un frontón. En sus extremos norte y sur se encontraban pequeñas torres destinadas al campanario.
La inauguración del templo tuvo lugar el 21 de noviembre de 1880. Posteriormente, el 1 de enero de 1882, el obispo Bernardo Augusto Thiel le confirió el título de parroquia. Su primer párroco fue el presbítero José Victoriano Mayorga, quien ya estaba a cargo de la iglesia desde 1881.
El nacimiento del templo actual
Con el paso del tiempo, y especialmente como consecuencia de los sismos, el segundo templo comenzó a sufrir daños. El terremoto de 1910 fue particularmente significativo en este proceso.
En 1925, el párroco de San Isidro, presbítero Carlos Meneses, promovió entre los vecinos la idea de construir un nuevo templo. Ese mismo año fue sustituido por el presbítero Rubén Fernández Meléndez, quien continuó con la iniciativa. Para financiar la nueva construcción, el padre Fernández organizó junto con los vecinos una serie de turnos que, debido a su magnitud, llegaron a conocerse como ferias. Estos acontecimientos atraían a personas de las comunidades cercanas y permitían recaudar importantes cantidades de dinero.
El primer turno se realizó en 1925. El cantón fue dividido en tres distritos y cada uno organizaba su participación. Se instalaban puestos con enramadas y comedores donde se vendían diferentes alimentos, entre ellos sopa de mondongo, estofados, picadillos, bizcocho y tamales. También había puestos de cigarrillos y otras actividades destinadas a generar ingresos.
Los turnos se realizaban el primer domingo de febrero y, en total, se organizaron alrededor de diez para contribuir a la construcción del nuevo templo. La participación de la comunidad no se limitó a la recaudación de fondos. Los vecinos también colaboraron directamente en los trabajos. Entre los testimonios recogidos en el documento se encuentra el de Carmen Arroyo Granados, quien recuerda haber participado, junto con otra joven llamada Claudia Brenes, en la recolección de materiales, el retiro de los ladrillos de la iglesia antigua y la recolección de madera.



Los planos de Teodorico Quirós
En 1928 se encargaron los planos de la nueva iglesia al arquitecto y pintor nacional Teodorico Quirós Alvarado, quien cobró cuatro mil colones por su elaboración.
Los planos fueron llevados a Alemania por el padre Koch, profesor del Colegio Seminario, para que allí se fabricara la armadura necesaria para la construcción. Meses después, el padre Mach informó al padre Rubén Fernández que los planos habían sido aprobados por los ingenieros de la casa Krupp. Posteriormente, la compañía envió el presupuesto y las especificaciones correspondientes a la estructura del techo.
Mientras se esperaba la armadura, fue necesario preparar el terreno. Se excavaron grandes zanjas y huecos profundos donde posteriormente se colocaría la estructura. La supervisión de los trabajos estuvo a cargo del ingeniero Nicolás Fournier, mientras que las cuadrillas de obreros trabajaban bajo las órdenes del maestro de obras Jacinto Rodríguez, vecino de la comunidad.
En aquella época no existía un servicio de transporte de materiales en el cantón, por lo que estos se trasladaban en carretas. Poco a poco se fueron acumulando piedra y arena para iniciar la construcción. Según uno de los testimonios recogidos, llegó a haber treinta y nueve carretas destinadas al transporte de materiales, algo que constituía todo un espectáculo para los habitantes de la época.
Una estructura fabricada en Alemania
A finales de 1930, la estructura alemana llegó a la Estación del Ferrocarril Eléctrico al Pacífico, en San José. Desde allí fue transportada en carretas hasta Coronado y colocada en la plaza frente a la iglesia.
Su instalación marcó un momento importante en el avance de la obra. Para colocar las piezas de la armadura fue necesario instalar grandes placas de metal y utilizar tornillos de considerables dimensiones. Primero se levantó la nave central y posteriormente las naves laterales. La construcción también requirió una importante movilización de trabajadores. Para el proceso de chorrea de las paredes se utilizaron tucas provenientes de fincas cercanas, que fueron aserradas para obtener la formaleta. La arena y la piedra ya habían sido acumuladas previamente en la plaza.
La participación de los habitantes fue fundamental. Debido a las características del proceso de construcción, una vez iniciada la chorrea de una sección era necesario continuar hasta concluirla. Por ello, los hombres del pueblo realizaron jornadas muy largas y, en algunas ocasiones, trabajaron durante toda la noche.



Las ventanas, el cielo raso y el antiguo reloj
En 1951, una vez construido el cuerpo de la iglesia, se planteó la adquisición de las ventanas en Europa. El proyecto contemplaba veintitrés ventanas en la parte alta de la nave central y treinta y siete en el cuerpo de la iglesia, incluidas las capillas, además de un rosetón sobre cada acceso lateral. El costo total fue de alrededor de trece mil dólares.
Originalmente se había proyectado construir el cielo raso en concreto para cubrir la armadura de hierro. Sin embargo, los vecinos consideraron que era más seguro utilizar madera, ya que un elemento más liviano representaría un menor peligro para los feligreses en caso de un sismo u otro incidente. La carpintería del cielo raso fue realizada por Rigoberto Solano, un joven de apenas 22 años perteneciente a la comunidad.
Otro elemento procedente del antiguo templo fue el reloj. Una vez construida la torre, se colocó allí el reloj de la antigua iglesia, donado por José Trinidad Mora. Para adaptarlo a la nueva torre fue necesario agregarle tres carátulas y modificar su mecanismo. Estos trabajos fueron realizados por Rigoberto Solano y su hermano Rafael.
Las campanas de San Isidro de Coronado
Las campanas también fueron parte de un largo proceso. Desde 1934, el padre Fernández había iniciado negociaciones con una compañía francesa para adquirirlas. Sin embargo, no fue sino hasta 1957 cuando finalmente pudieron instalarse. Estas, correspondientes a las notas MI y SOL, fueron bautizadas como Isidoro, en honor a San Isidro Labrador, y Rafaela, en honor al distrito de San Rafael. La campana Isidoro fue donada por Ricardo Zúñiga y su esposa Beatriz Méndez. La segunda fue donada por varias familias de la comunidad.
El templo estuvo prácticamente concluido desde 1954 y que únicamente faltaban sus campanas. No obstante, también indica que se toma como fecha de conclusión el año 1937, cuando las campanas fueron bendecidas durante un solemne acto de consagración realizado el 14 de noviembre y presidido por el arzobispo de San José, monseñor Rafael Otón Castro.

Un templo levantado por la comunidad
La historia de la Iglesia de San Isidro de Coronado está marcada por la participación de sus habitantes. Desde los primeros aportes para levantar el segundo templo hasta la construcción de la actual iglesia, la comunidad contribuyó con dinero, productos, materiales y trabajo.
Los turnos y ferias permitieron recaudar fondos; las carretas transportaron piedra y arena; los vecinos aportaron madera y otros materiales; y numerosas personas participaron directamente en las diferentes etapas de construcción.
El resultado fue un templo de gran presencia arquitectónica, cuya construcción requirió la participación de distintas generaciones de habitantes de Coronado y que conserva elementos vinculados tanto con la antigua iglesia como con el esfuerzo colectivo que permitió levantar el edificio actual.
Sensorial Sunsets

