Corales de Costa Rica: el impacto de El Niño

El aumento de la temperatura del océano plantea nuevos desafíos para la conservación marina en Costa Rica. En Isla Tortuga, investigadores de la Universidad Estatal a Distancia (UNED) modificaron las condiciones de sus viveros coralinos para proteger los organismos durante el episodio de El Niño de 2026-2027. En Playa Blanca, otra iniciativa busca favorecer la biodiversidad mediante la instalación de estructuras submarinas que sirven de hábitat para distintas especies.
Aunque ambas experiencias se desarrollan en el Pacífico costarricense, sus objetivos inmediatos son diferentes. Una procura reducir el estrés térmico que afecta a los corales cultivados, mientras la otra trabaja en la recuperación de hábitats marinos. Los resultados pueden aportar información útil para orientar futuras acciones de conservación.
El blanqueamiento coralino y sus consecuencias
Los corales mantienen una relación estrecha con unas algas microscópicas llamadas zooxantelas, que viven en sus tejidos y les proporcionan una parte importante de la energía que necesitan. Esta asociación contribuye al crecimiento y mantenimiento de los arrecifes. Cuando la temperatura del agua supera durante un tiempo prolongado los límites que los corales pueden tolerar, la relación con estas algas se altera. Los organismos pueden expulsarlas y perder su coloración habitual. Este fenómeno se conoce como blanqueamiento coralino.
El blanqueamiento no significa que todos los corales afectados vayan a morir. Sin embargo, la pérdida de las algas reduce su disponibilidad de energía y puede dificultar su crecimiento y recuperación. Si el estrés térmico continúa, aumenta el riesgo de mortalidad. La situación también puede afectar a otras especies marinas. Los arrecifes proporcionan alimento, refugio y zonas de reproducción para peces, crustáceos y numerosos invertebrados. Su deterioro puede alterar las relaciones ecológicas y perjudicar actividades humanas vinculadas con los recursos marinos, como la pesca y el turismo.



El episodio de El Niño plantea un desafío para los proyectos de conservación coralina del Pacífico costarricense. El calentamiento del agua puede comprometer la relación entre los corales y las zooxantelas, algas microscópicas esenciales para su nutrición. Ante este riesgo, la UNED trasladó los 2.700 corales de su proyecto en Isla Tortuga a una profundidad de 13 metros, como medida para reducir su exposición a las altas temperaturas. La respuesta de los organismos deberá evaluarse mediante los monitoreos que realice el equipo científico.
Cambios en el proyecto de Isla Tortuga
En Isla Tortuga, en el golfo de Nicoya, la UNED implementó cambios en su proyecto de restauración coralina para reducir la exposición de los organismos a las altas temperaturas. Según informó la universidad el 14 de octubre de 2026, el equipo trasladó 2.700 corales que se encontraban en estructuras de cultivo a una profundidad mayor.
Los viveros pasaron de cinco a 13 metros bajo el agua. Con esta medida, los investigadores buscan encontrar condiciones térmicas más favorables para los corales durante el episodio de calentamiento oceánico. La iniciativa cuenta con la colaboración del Instituto Nacional de Aprendizaje (INA) y la empresa Bay Island Cruises.
El equipo también suspendió temporalmente algunas actividades de restauración, entre ellas la fragmentación de corales, las labores de jardinería coralina y la instalación de nuevas estructuras. Estas decisiones permiten concentrar los esfuerzos en la protección de los organismos que ya forman parte del proyecto. El seguimiento científico es otra parte importante de la respuesta. Los investigadores observan el estado de los corales y registran variables del agua, como la temperatura y la salinidad. Estos datos ayudarán a evaluar su respuesta al cambio de profundidad y a determinar cuándo será apropiado reanudar las tareas suspendidas.
Por otra parte, el traslado representa una medida de adaptación ante las condiciones actuales, pero su eficacia debe comprobarse con observaciones continuas. El comportamiento de los corales durante las próximas semanas y meses permitirá conocer mejor sus posibilidades de recuperación.
Playa Blanca apuesta por estructuras submarinas
En Playa Blanca, en el Pacífico Central, Punta Leona Beach Club y la Fundación MareBlu desarrollan una iniciativa de restauración marina que comenzó en 2020. El proyecto utiliza estructuras artificiales para ofrecer superficies de colonización y espacios que pueden funcionar como refugio para diferentes organismos.
De acuerdo con información divulgada en 2026, la iniciativa cuenta con más de 75 estructuras instaladas. El objetivo es ampliar progresivamente esta red hasta alcanzar 200 unidades y favorecer la conexión entre dos arrecifes naturales separados por una zona arenosa. Las estructuras pueden proporcionar espacios para que se establezcan organismos marinos y para que distintas especies encuentren refugio. El proyecto también contempla la incorporación de fragmentos vivos de coral, que se fijan a las superficies para favorecer su crecimiento y contribuir a la recuperación del hábitat.
Los registros muestran cambios en la fauna marina
Los datos divulgados para 2026 indican que en las estructuras se han registrado más de 60 especies de peces y 5.708 individuos de invertebrados. Estas cifras ofrecen una referencia sobre la diversidad observada en el área y permiten seguir los cambios en la comunidad marina asociada con el proyecto.
Sin embargo, los registros deben interpretarse con cuidado. La presencia de numerosas especies es un indicador relevante, pero no demuestra por sí sola que el ecosistema haya recuperado todas sus funciones. Para determinar los efectos de la restauración también es necesario estudiar la evolución de las poblaciones, la supervivencia de los corales y los cambios en el entorno a lo largo del tiempo.
El proyecto incorpora además un museo subacuático compuesto por nueve esculturas. Este espacio combina elementos educativos y turísticos con la iniciativa de restauración marina. Su presencia puede contribuir a acercar a los visitantes al entorno submarino, siempre que las actividades se desarrollen de manera compatible con la protección del hábitat.
La continuidad del trabajo también depende de atender otras presiones ambientales. La contaminación, las actividades pesqueras, las temperaturas elevadas y el tránsito de embarcaciones pueden afectar a los organismos y a las estructuras instaladas. Por eso, la restauración debe acompañarse de medidas que reduzcan los impactos sobre el ecosistema.
La recuperación requiere vigilancia a largo plazo
Las experiencias de Isla Tortuga y Playa Blanca muestran que la restauración marina exige medidas adaptadas a las condiciones de cada lugar. Mientras la UNED busca disminuir el estrés térmico de sus corales, el proyecto de Playa Blanca trabaja en la creación de hábitats que favorezcan el establecimiento de organismos.
Ambas iniciativas necesitan seguimiento para determinar si las acciones producen beneficios duraderos. El número de corales trasladados, las estructuras instaladas y las especies registradas son indicadores útiles, pero no bastan por sí solos para demostrar la recuperación completa de un ecosistema.
Ante el calentamiento del océano, la conservación de los arrecifes requiere combinar investigación científica, protección de los hábitats y prevención de otras fuentes de deterioro. El seguimiento de estos proyectos puede aportar información valiosa para orientar futuras medidas de restauración en las costas costarricenses.
Sensorial Sunsets

